-¿Crees en la reencarnación?
-Si creyera que hay una vida después de ésta, ¿por qué estaría buscando la inmortalidad?
-No lo sé. Quizá porque quieres permanecer como estás ahora mismo.
Guardamos silencio para oír mejor los sonidos de la noche. El suave vaivén de las ramas, el crepitar de la fogata y el lejano ulular del viento eran lo único que nos separaba del silencio sepulcral.
-¿Crees en el amor?
-No sería la persona más correcta para contestarte eso.
<¿Crees que yo sí?>
-Pero, quiero saber tu opinión, sé de sobra que las personas tienen puntos de vista muy diferentes entre sí.
-No estoy muy seguro de cómo responder. Quizá luego busque algo como eso.
-Creí que el amor no se buscaba, sino se encontraba.
-Lo sé. Las personas usan demasiado fácil ese término. Creen ver el Sol cuando los cega una vela, y nadar en mares cuando se ahogan en sus propias lágrimas.
-Entonces sí crees en el amor.
<No creo en otro amor que el que me debo a mí mismo.>
-Hay algunas preguntas que no se pueden contestar con un simple sí o no.
-No puedo imaginarte enamorado.
-Ni lo intentes.
-¿Temes enamorarte?
-Nosotros sabemos que no sólo debemos ver en sí, sino comprender lo que se ve; no hay que oír en sí, sino comprender lo que oye. De esa manera podemos ver colores en lo que oímos y encontrar una melodía en lo que vemos.
-¿Nosotros?
-Sí, nosotros los románticos.
-No me has respondido a mi pregunta.
-Pero te he dado a conocer más de mí mismo que si te hubiera contestado que sí.
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