-El príncipe se quedó sin princesa. ¿O fue la princesa quien se quedó sin príncipe?
-¿Eh?
-Nada. Sólo que los cuentos de hadas seguirán siendo lo que son hasta que uno descubra la verdad.
-No creo entenderlo.
El té nos sumía en pensamientos más profundos. Quizá ya había encontrado una tranquilidad que no había pensado.
-Entonces, ¿cómo te puedo llamar?
-El nombre debería reflejar a uno mismo. Debería ser algo que permitiera saber más de uno mismo.
-¿No lo hace?
-Sólo es algo con el cual nos identifican. Bien podría sustituirse por una cifra o un conjunto de letras.
-¿También estás buscando tu nombre?
-Tal vez. O tal vez ya lo encontré.
-Ya no sé si me respondiste y olvido cuál era la pregunta. Es confuso hablar contigo.
-Creo que es lo normal.
-Pero si mi nombre debe describirme, entonces debo descubrirme para saberlo.
-Así es. Pero mientras más sepas de tí misma, más te podrías arrepentir de haberte adentrado tanto.
-¿Podría asustarme quien soy?
- No necesariamente, pero podría no agradarte lo que descubras. El mayor problema es perderte en tí misma. Pero si sabes lo suficiente de tí, conocerás tus límites.
-Cuando dices cosas como ésta, no puedo evitar preguntarme en cuántos problemas te has metido.
-En los suficientes para perder el control de mí mismo.
-¿Por qué hablas en acertijos?
-A veces la respuesta a una pregunta es otra pregunta, o quizá es algo que no se puede explicar directamente, sólo con sensaciones o experiencias.
-Entonces poesía es expresar algo de esa manera.
-Quizá. Quizá poesía es algo que haga temblar tu alma. ¿Quieres ser poeta?
-Quiero ser yo.
<Bien dicho.>
-Te he notado muy distante últimamente.
-Ah, es sólo que he estado pensando en todo lo que me has dicho.
-Ahora yo me muestro curioso. ¿Y qué has concluído de tus pensamientos?
-Que necesito pensar en lo que sé y lo que me falta por pensar.
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